“Se le ve triste, maestro” añadió el prior. “No lo culpo” le dijo Bandello. “Después de tantos años trabajando, logrando algo, y llega un día en que, de ahí en adelante le pertenece al mundo, eh maestro?” Bandello notó lo desanimado que se encontraba el maestro Leonardo, pero no se dio cuenta de que faltaba uno de los chicos. “No le miento si le digo que yo estoy muy contento de que ya por fin, este episodio de la pared se haya acabado. Y estoy seguro de que usted, aunque no lo demuestre, también lo está, eh? Je, je, je. Me imagino que tendremos que buscar otra cosa que hacer. ¡Ay, Dios querido! Estoy tan acostumbrado a correr para aquí y para allá detrás de usted.” Fray Bandello respiró hondo. “Ahora podemos volver a comer juntos, como antes.” El fraile soltó una carcajada. “Le voy a decir un secreto, maestro. ¿Sabe por qué yo me desesperaba cuando no lo veía montado en ese andamio?”

“Creo que me lo ha mencionado—en más de una ocasión” le dijo el maestro, con una media sonrisa y cruzado de brazos.

 

 

 

*Prensa*

 

©2005 I.O.Twomey, Ltd. - Todos los derechos reservados