1909 • ¡Celebrando 107 años de su natalicio! • 2016
 

Abelardo Díaz Alfaro

Recordando a Diplo

 

Diplo, sombra estilizada en el tablado de la farsa bohemia. Sombra en esguince sobre la luminosa pantalla del televisor. Sonrisa albeante en el rostro acharolado. Ojos en claro en el tallado de ébano. El chaleco de encargo en charro juego de dominó. El pantalón brilloso con zurcidos precarios. La gorrita marinera en ladeo pretencioso. Leontina de enchape, sin reloj, sin tiempo. El zapato puntilloso como de payaso de circo ambulante. Oscuro polichinela del retablo callejero. Figura de pantomima a contraluz de los faroles del barrio. Diplo, más que un hombre de carne y hueso, es un personaje de leyenda, de cuentería. Diplo y al conjuro del nombre rotundo hay eco de carcajadas efusivas. Ríen los niños, los viejos olvidan.

Compensación de la voz ronca, detonante, del gesto en baladronada, fanfarroneo inconsecuente, para ahogar la pusilanimidad, la disposición huidiza "del héroe galopante".

Diplo, y la figura se mueve como un celaje, electrizante, desgonzada, sobre la pantalla fosforescente del televisor. Anda como escurriéndose, como sin pesar sobre las cosas. Vive como un prodigio. Realiza el más grande milagro. El milagro cotidiano de vivir sin trabajar.

Se colocó sobre la crespa cabellera de estopa, una simbólica y jerárquica gorrita de capitán de buque varado. El capitán capeador de tempestades y marejadas de la vida, que son las más cruentas. Y ante el oleaje encrespado la sombra adensada en el horizonte hace fulminar la risa disipadora y clara, como flor gloriosa de esperanza.

Diplo y el eco de las carcajadas trasciende el perfil azulino de nuestras montañas.

Cruza el mar, y en la tierra de Martí, se prolonga el eco jubiloso. Allá también ríen los niños; los viejos olvidan. El Diplo callejero, isleño, va camino a la universalidad.

Cada movimiento, cada gesto de este genial actor produce hilaridad. De cada célula de cada trazo del cuerpo curvado y sin consistencia, parece emanar, una onda simpática de euforia, de gozosa fragancia del vivir. Su imperio es el más noble, el más "llevadero," el de la risa.

Pero, a la gloria siempre precede el camino empinado, la lucha infructuosa. Tras la vida incolora de pelotero profesional en Canadá, de vendedor de calentadores "que no calentaban", porque explotaban se topa en Cayey con José Luis Torregrosa. Venturoso encuentro para el pueblo de Puerto Rico. Como visionarios, crean con el sueño, la Farándula Bohemia. Farándula que parece tener velámenes como los circos, desandadores de caminos. Peregrinos de la farsa, cruzados a la conquista de las gentes por la risa. Quijotes de una noble empresa contra endriagos y gigantes de la pesadumbre y el dolor. Emisarios festivos del reino de las carcajadas.

Días aciagos, en trasbordo de insolvencia contando como única moneda de garantía con la buena voluntad de los amigos, y la "ponera" hidalguía de los chóferes nocturnos. Ellos habían vivido sencillamente, intensivamente la vida. Y la vida premia a los que viven no como espectadores en los cómodos palcos; sino a los que llevan el drama en el alma. Comieron en las fondas de floreados manteles y tomaron el pocillo amargo en los cafetines sórdidos. Conocen los tipos que encarnan. Los ven trazar sus recias figuras inolvidables contra los espejos pringosos de la taberna, o los contemplan acodados contra las duras mesas de la bohemia.

Y por eso, Diplo, no es uno, sino muchos. Es síntesis, prototipo y símbolo. El personaje ya no es de Ramón Rivero, es propiedad del pueblo, que lo creó y le pertenece por filiación de amor.

Fanfarronada, actitud de matasiete que no tiene el ahna para matar una mosca que se resuelve, o desemboca en un conformista "Yo soy un infeliz". El escape es obligado, está previsto: la huida decorosa, sincera, de la cual quedan las huellas de la gorrita marinera, el rastro de los zapatos puntillosos y el chaleco desflecado.

Diplo decanta con sorna, con ironía, su dudoso abolengo. El no es de los del abolengo de sangre azul. Es del linaje oscuro, con genealogía de zurcidos y blasones de raterías mínimas. Como en la picaresca que él revive la ascendencia astrosa cuenta mucho. La madre "mamita" es de estirpe de aristocracia "pollera." El tío, es catedrático vitalicio, permanentemente, de "tras rejas." Y la tía, la insuperable Mamá Yoyó tiene prosapia de pañuelo de Madras; es toda una señorona de la rancia alcurnia cangrejera. Diplo caricaturiza la sociedad.

La sociedad huera que tiene mucho de farsa. Es el desquite del "infeliz," a quien se menosprecia por su procedencia plebeya. Diplo, alcalde, Diplo mozo del hotel barato. Diplo sirviente de tabernas estridentes. Es uno solo, multiplicado en el tráfago de la vida. Pero uno inconfundible. Fanfarria de la palabra detonante, de la voz ronca, del gesto en ridicula petulancia, para encubrir la cobardía instintiva. Siempre como en atisbo, como en acecho, con la esquiva y huidiza sicología de la raza "sata," la raza más noble.

Diplo: te digo como a don Macario. Ya no eres de carne y hueso. Eres más real, más contingente, más inmortal que Ramón Rivero, "hijo de padre circunspecto," Diplo, eres ya un tipo de la fonda pringosa, del cafetín estridente, que se coló en la pantalla luminosa del televisor.

Sombra del pueblo. Sombra estilizada en el tablado de la farsa bohemia. Sombra en esguince sobre el celuloide rutilante. Eres un tallado en ébano de la risa redentora. Diplo, la gloria te pertenece. "Bienaventurados los que hacen reír, porque de tales es el reino de la gloria".

Hoy reposas en la tierra santa. Tierra sagrada del más allá, pero seguro que al entrar, por los portales sacros, una voz venida del trasfondo de los cielos te dirá: Penetra en el reino, porque hiciste reír a las gentes... les mataste el dolor de vivir... y erguiste sobre la miseria de los hombres el tallo albo de una sonrisa.

Dr. Cesáreo Rosas-Nieves

Prólogo de Por qué se ríe la gente (1951)

 

De las fiestas dionisíacas helénicas nacieron por contraste psicológico los dos géneros básicos de la teatrología moderna: la tragedia y la comedia. Nació el teatro del gozo, y para la diversión del pueblo tenía que ser de esta suerte, puesto que el teatro es un género comicial para las masas. De ahí que el teatro cultista o universitario fué siempre de poco público y de ínfima duración. Por eso el teatro que ha tenido más aprobación del pueblo ha sido siempre aquel que ha aspirado más claridad y que mejor entendimiento ha logrado en el vulgo. Por eso la comedia de Aristófanes fue tan copiosamente aplaudida en la Hélade, Plauto en la Roma antigua, La Commedia dell'Arte Italiano y Lope con la comedia nacional ligera en la España del barroco.

Con genial adivinación Lope de Vega en su: Arte Nuevo de Hacer Comedias, les contesta a los neoclásicos renacentistas que lo criticaban por demasiado popular, lo siguiente:

"Y cuando he de escribir una comedia, encierro los preceptos con seis llaves; saco a Terencio y Plauto de mi estudio para que no me den voces; que suele dar gritos la verdad en libros mudos, y escribo por el arte que inventaron los que el vulgar aplauso pretendieron; porque, como las paga el vulgo, es justo hablarle en necio para darle gusto"...

Y dentro de esta elocuente fórmula popular, rememorando la dulce risa del mimo grecolatino y el trashumante molde estereotipado de La Commedia dell'Arte Italiano, creó Lope de Vega el teatro eterno de la tradición eterna española, que aun se siente resonar su eco frecuentemente en los versos dramáticos o en la prosa de las obras principales de Federico García Lorca: Bodas de Sangre, Yerma, La Casa de Bernarda Alba y etc.


Así pues el elemento popular, ovario seductor de la risa, ha sido en todos los tiempos de la historia del arte dramático, el puntero de luz de toda buena obra teatral. "Lo mejor de Lope es lo popular": ha dicho Azorín; y lo popular es lo nacional; todos esos ingredientes telúricos que huelen a aroma de tie-rruca, a mirra de la tierra: cuentos, dichos, refranes, coplas, décimas, doble sentido; en fin, fragancia de lo íntimo porque, al fin de cuentas, nadie es nada fuera de su tierra; porque el hombre solamente puede vivir fuera de su clima en forma de transeúnte... En Puerto Rico el humorismo ha sido muy raquítico en las obras de arte. Una mirada panorámica por nuestra vendimia literaria, nos daría rápidamente la clave: José Mercado (Momo), Rodríguez Cabrero (Diabo-lín), Raúl de la Vega y Nemesio Canales, se destacarían como picos raros en este estudio y el resto sería una serie de lágrimas en la producción de verso y prosa. En el teatro cómico todo está ausente, hay que llegar hasta Ramón Rivero (Diplo), para encontrar un actor que pueda resistir el análisis serio de la investigación objetiva.

Burla burlando, a filo de guachafita boricua o a punta de alfiler crítico, Ramón Rivero en sus estampas mímicas de radio y teatro, nos va bordando la intra-historia sentimental y agónica de nuestro doloroso pueblo y en bromas y veras, en frases aristofanescas, va forjando al margen de los días, un teatro ligero de carácter nacional que podría servir más tarde como punto de partida para construir la comedia grande o alta comedia en el futuro de Puerto Rico.

Con la colaboración de un grupo de jóvenes artistas: Torregrosa, de una gran vis histriónica; Agudo, de una variedad vocálica sorprendente; y del viejo ridículo encarnado en Capestany, Diplo y su farándula andariega en lengua y espíritu, han divertido al hombre del pueblo y al más encopetado catedrático con sus ingeniosidades de comicidad puebleril. Y así su honda emocional cargada de sorpresas y novedades inesperadas, va lanzada al corazón de su pueblo que lo entiende y lo admira, que lo critica y lo aplaude, que lo considera como parte procedente de su cultura isleña.

 

El teatro de Ramón Rivero (Diplo), deriva por abolengo hispano de los pasos, farsas y entremeses de la península ibérica. Diplo ha sabido eclécticamente aprovechar todo lo que él creyó necesario para su arte dramático, añadiéndole de su propia mina, un gran caudal de pimienta boricua y de sal nativa.

Un sector interesante del público de Diplo son los niños. He observado en este mundo infantil una gran predilección por sus programas: signo éste de claridad meridiana. A Diplo lo entienden hasta los niños, así se nota en sus programas: "La Vida en Broma", y "El Tremendo Hotel"; estampas de la vida diaria de crítica y humorismo.

¡Vaya mi aplauso humilde de sencillo maestro de escuela hasta Diplo y su destacada farándula, en mi homenaje de admiración de un consecuente espectador de su pequeño teatro creacionista nacional!


 

Juan Antonio Corretjer

Morir y Reír
(A Ramón Rivero)

 

 

 

 

Desde el vergel de Guaynabo,
vengo, Diplo, a recordarte,
con los hermanos de Instarte
en tu pueblo de Naguabo.
Tu gracia inmortal alabo;
tu amistad en versos grabo
de gracia y vida sin fin,
en la gloria que me brinda
con la canción de Brunilda
recitados de Joaquín.


Vengo a llamar del olvido
las grandezas inmortales
de unos años aurorales
que a Naguabo humilde pido.

A abrir sus tumbas convido
a Bignet, Dubois, Romano.
Vengan y muestren su mano,

su pecho, las aureolas
que las batas españolas
quisieron borrar en vano.

Por la Patria independiente
vivir y morir quisieron
y fusilados murieron
en el Morro los valientes.
Fue allá por el Año Veinte
y dos, del Siglo pasado.
No pasa el recuerdo amado
de quién con pecho anhelante
con las balas por delante
muere, pero a pie clavado.

 

Esto vengo a recordar,
Diplo, a tu pueblo este día
No es triste mí melodía.
Pueblo que sabe dejar
en las sombras del hogar
al ruin el llanto cobarde,
arde en mis versos y arde
como ardió en tu corazón,
cuando escribo esta canción
para tu cuna y tu alarde.

 

Naguabo: gracias debemos
al pueblo que a un tiempo mismo
con sangre de su heroísmo
patria en tu nombre leemos.
Y ejemplo en tu honor tenemos
para la Patria servir.
Nos enseñaste a morir
con honra, y luego el periplo
cerraste cuando con Diplo
nos enseñaste a reír.

La Leyenda

 

¿Cuándo se convierte una persona en leyenda?

Un individuo puede adquirir fama y éxito en su campo, y puede que su nombre adorne uno que otro portón.

Sin embargo, si esa persona no se apodera del alma y la imaginación de su pueblo, jamás se le puede considerar leyenda.

Para comprender como fue que Ramón Rivero (Diplo) logra alcanzar esa desconcertante y enaltecida cima sólo tenemos que leer los escritos de tres de nuestros más ilustres maestros de las letras: Abelardo Díaz Alfaro, Cesáreo Rosas-Nieves y Juan Antonio Corretjer.

Ellos, mejor que nadie, resumen el sentir de Puerto Rico por Ramón Rivero y su Diplo, llevándolo de la mano hasta el portal de la inmortalidad.

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A la izquierda, la dedicatoria lee: Boceto para el cartel "Homenaje a Diplo" - David Goitía '95.

Para la Fundación Diplo con el amor y el respeto a mi amigo "Moncho".

Firma, David Goitía 5/26/1995